Mi esposa me ha amonestado severamente y llamado al orden porque dice que soy un debilucho, un bobo, un pusilánime que paga ciertas cuentas que no le corresponden. Ella cree que otros abusan de mí y que no sé defenderme y decir que no. Basa su postura en tres casos separados: el carpintero guatemalteco me pidió dinero para viajar con su familia a la nieve de Carolina del Norte el pasado invierno y yo le obsequié el monto que me pidió, pues consideré que los haría muy felices y que la vida se ocuparía de devolverme eventualmente esa felicidad; el camarero venezolano del restaurante donde almorzamos todos los días me pidió que le pagara la cuenta del dentista porque se le rompió un diente y no tenía cómo solventarla, y no dudé en comprometerme a pagarle todo el tratamiento con mi dentista peruano de la isla, que resultó algo más costoso de lo que imaginé, pero ya había empeñado mi palabra, y ahora el camarero, que es mi amigo, y a quien debo muchas atenciones esmeradas, puede trabajar sin que le duelan los dientes; y otro mozo muy querido, salvadoreño, amante del fútbol, necesitó un mínimo salvataje financiero que le cubriese la semana que no trabajó ni cobró como consecuencia del huracán que pasó por Miami, y no vacilé en procurarle, sin la anuencia de mi esposa, el cheque correspondiente, que, a mi modo de ver, se tenía bien merecido.

¿Soy, pues, un botarate, un manirroto, un sujeto paseado y pasmarote que anda regalando aquí y allá la plata que tiene y que no tiene? ¿Me dejo tomar por tonto? ¿Termino siendo víctima de sablazos y rapiñas porque las personas cercanas a mí creen que me sobra la plata? En efecto, ¿me sobra la plata? ¿Gano más, mucho más, de lo que gasto? ¿Soy dispendioso y regalón porque el dinero que reparto entre mis conocidos y allegados va y viene y no me hace mucha diferencia finalmente? ¿Soy de verdad un hombre rico o simulo serlo para impresionar a los demás? ¿Será una manera torpe y costosa de ganarme el afecto de quienes me rodean?

Mi esposa, que es memoriosa para el rencor, y que no ahorra palabras para vapulearme, zarandearme y desplumarme con cariño, me ha reñido impiadosamente, recordándome que no hace mucho me dejé asaltar en mi buena fe, y en mis bolsillos agujereados, por cuatro personas que ya no trabajan para nosotros, y que en su día me pidieron en tono suplicante que las auxiliara en sus estragadas, diezmadas finanzas: la nana peruana, a quien recuerdo con profunda gratitud, que cuidaba a nuestra hija como si fuera la suya, y que necesitó un dinero urgente para comprarle a su esposo, del que estaba divorciándose, la parte de la casa que había construido ella con sus ahorros y que él abusivamente consideraba a medias suya, un trámite que requirió contratar abogados y notarios y que acabó felizmente, dándole un cheque al ex esposo para que dejara en paz a la nana, y quedando ella como única dueña de la casita en unos suburbios paupérrimos, arenosos de Lima; el jardinero de origen hondureño, bigotudo, pistolero (me vendió una pistola usada), dueño de una camioneta roja tan grande que parecía una tanqueta, quien me rogó que le prestara una plata para construirse una piscina en su casa de campo en Honduras y que unos meses después desapareció, renunció, se fue a su país y no recordó pagarme la cuenta pendiente; y el chofer dominicano, obeso, mórbida y felizmente obeso, mujeriego sin remedio, padre de doce hijos repartidos entre la isla de La Española y las tierras cálidas de La Florida, gran amigo mío, decidor de piropos inflamados a todas las empleadas domésticas del barrio, asistente eventual como público de mi programa, donjuán rollizo, casanova adiposo, que me pidió que le pagase sus impuestos de ese año y los dos años anteriores, para poder regularizar su situación migratoria, cosa que hice con el mayor gusto; y el más pícaro y vivaracho de todos, el comediante cubano del canal de televisión en el que trabajo, amante de la noche, del trago, de las drogas duras y blandas, de las mujeres de cabaret, de las bailarinas de pechos descubiertos, que me esperó afuera del canal, al lado de mi auto, y rompió a llorar, diciéndome que tenía sida y que le había contagiado la enfermedad a su esposa y que ambos necesitaban dinero desesperadamente para no morirse, y yo lo abracé, lloré con él, le dije que era injusto que él tuviera sida y yo no, y no tardé en preguntarle cuánto necesitaba, y no obstante que me sorprendió el monto elevado que sugirió, saqué la chequera y le entregué el dinero sin dudarlo ni un segundo, aunque ya luego no supe si lo usó para el tratamiento médico o para fines pendencieros, innobles: mi esposa cree que el humorista en realidad no tenía sida y me engañó vil y persuasivamente solo para meterme la mano al bolsillo.

¿Todas esas personas que me piden dinero al borde de las lágrimas, bien sea para sellar un divorcio o construir una piscina o pagar impuestos pendientes o financiar un tratamiento médico, me ven como un idiota, un zoquete, un tonto de capirote, un tonto del culo? ¿Los cuentos trémulos y angustiosos que me cuentan, corresponden a la verdad o son pura ficción? ¿Atraigo extrañamente a las personas necesitadas de dinero? ¿Les doy una confianza excesiva para que me cuenten sus problemas? Como estoy acostumbrado a entrevistar personas en la televisión, ¿entrevisto también fuera de cámaras a quienes trabajan conmigo y los induzco sin darme cuenta a contarme sus problemas? Y cuando los ayudo, pudiendo no hacerlo, ¿me siento bien, reconfortado, una buena persona? ¿O acabo sintiendo que todos abusan de mí y que soy un bobo sin remedio?

Mi esposa, que cultiva minuciosamente el rencor como si fuera un bonsái, y que no es diestra en las técnicas del perdón y la comprensión, me recuerda que hace unos años, por no saber decir que no, por firmar cheques y ordenar giros bancarios como si fuera el millonario que no soy, caí en la trampa afectuosa que me tendió mi ex esposa, de quien llevaba años divorciado: ella, madre de mis dos hijas, no estaba cómoda o a gusto en su casa de los suburbios, pues le quedaba pequeña y la condenaba a una cercanía con su madre que le ocasionaba disgustos y entredichos, y me pidió que le comprase un apartamento en el mejor barrio de la ciudad, alegando que nuestras hijas, entonces adolescentes, querían, necesitaban, soñaban mudarse, y que si les compraba el apartamento, ellas, mis hijas, serían felices, muy felices, de manera que no dudé en aprobar que eligieran el apartamento que más les gustase, y una vez que lo escogieron, lo compré por una suma cuantiosa, y luego le di más dinero a mi ex esposa para que lo amoblase a su gusto y sin restricciones: se mudaron, pues, a la brevedad, y lo decoraron como si fuesen a ganar un concurso de buen gusto, y yo me sentí un hombre bueno y un padre generoso, de nuevo el sujeto que paga lo que le toca y sobre todo lo que no le toca, lo que no le corresponde, aquello a lo que no está obligado, y apenas dos años después todo se echó a perder porque mi ex esposa fue víctima de una crisis de celos cuando me enamoré de la jovencita que es ahora mi esposa, y la tormenta familiar que se desató fue de tal ferocidad que perdí el control y por una vez, una sola vez, me arrepentí de haber pagado una cuenta que no me tocaba, la del apartamento de mi ex esposa, y le pedí que se retirase, cosa que no debí hacer, porque terminó afectando a mis hijas, que aún ahora no sé si me han perdonado por haber sido tan grosero, descomedido y patán, lo que se regala no se quita, y me quedé con el apartamento, dañando tontamente la relación con mis hijas. Cuando recordamos ese incidente horrible, mi esposa me dice: ¡Te dije que no le dieras plata, que no le comprases ni medio departamento! ¡Tus mejores amigos te aconsejaron que no lo hicieras! Por ser tan buena gente, tan generoso, ¡terminaste quedando como el malo de la película! ¿O tú crees que ella te hubiera comprado un departamento a ti? ¿O tú crees que su mamá te hubiera regalado una casa, como hizo tu mamá con ella, que le regaló un caserón de un millón de dólares?

Tal vez eso lo explica todo: mi madre es la persona más generosa que he conocido y hace las regalos más increíbles a la gente que trabaja para ella y la sirve con diligencia. A los sacerdotes amigos que la asisten les compra autos y apartamentos; a sus empleados domésticos les paga viajes, les compra carros, les regala casas en el barrio donde ella vive; a sus terapistas, chamanes y curanderos les compra las máquinas más modernas y las pócimas más eficaces; a las personas que tocan el timbre de su casa y le piden una limosna, las socorre siempre con un billetito, un dulce, una palabra afectuosa. Cuando yo era un niño, aprendí de mi madre eso, precisamente eso: ver en las personas no el dinero que poseen, que llevan en los bolsillos, sino su espíritu, su sonrisa, su corazón, y comprender que cuando las ayudamos, cuando les propiciamos una felicidad inesperada para ellas, nosotros, los que en apariencia quedamos como tontos o despistados o víctimas de un sablazo, sentimos una alegría extraña, poderosa, irracional. Ya es tarde para cambiar y además no quiero cambiar.

Si quiere leer otras columnas de Jaime Bayly: elfrancotirador.com

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