Bíblicamente se desarrollan dos concepciones del ser humano. La primera en Génesis 1:27, cuando es creado simultáneamente varón y mujer, sin explicar su proceso y comandándolo a dominar y sojuzgar el mundo; mientras que en la segunda, en Génesis 2:7-23, forma primero a Adam del polvo de la tierra, insufla en su nariz hálito de vida y luego de Adam fue creada Javá como su compañera, comandándolos a cultivar y mantener el Jardín de Edén. Soloveitchik aborda noéticamente esta dualidad distinguiendo dos tipologías humanas. La primera, empoderándose del mundo exterior y controlando las fuerzas naturales, deviniendo en un ser tecnológico interesado en duplicar funcionalmente la dinámica de la realidad poniéndola a su servicio. Un ser utilitario cuya pregunta es cómo funciona el mundo y su característica, la dignidad adquirida por la conquista y la elevación existencial por sobre la naturaleza. La segunda, contemplando receptivamente el mundo tal como le es dado, en sus dimensiones originales, y bajo el interrogante del quién es o por qué la existencia. Un ser habiente de una experiencia esencial, no identificado con lo sensorial hedonista, ni con el pensar cartesiano, ni el racionalismo kantiano y menos con el sufrimiento schopenhaueriano, sino logrando un modo de vida disciplinado acorde con su separación de la naturaleza y dominado por el Creador. Un humano cuya especificidad es la redención por la cual adquiere su noción ontológica manifiesta en su seguridad axiológica.

Ambos humanos son intrigados por el cosmos. El primero va en busca de su control y poder, cuya dignidad redunda en una técnica de vida, en el respeto y la atención del otro mediante habilidades de acción; razón por la cual es creado hombre y mujer simultáneamente, dado que no hay dignidad como categoría conductiva en el anonimato o en soledad, sino en la capacidad de hacer sentir su presencia o impacto medido por sus logros en la exterioridad. El segundo busca su cualidad ontológica en lo profundo de su persona, encontrando la redención a través de la capitulación y del retiro, y por ello solo mediante el sacrificio, entregando parte de sí mismo, halla su compañera. Su control y poder es sobre sí mismo, cuyo éxito consiste en su movimiento de retroceso. Este humano es formado del humus, emergiendo humilde y solitario en su origen, sin necesidad de mostrar, de comunicar, ni de existencia extrovertida.

Pero este balance de ambas tipologías en el ser humano se ha quebrado, desnaturalizándose, exacerbando la dignidad en detrimento de la redención, transformando la conquista fenomenológica en noción ontológica, y destruyendo la integridad humana por cuanto el desentenderse de una parte no hace que esta desaparezca constituyendo un nuevo todo, sino solo se transforma en más parcial.

Esta parcialidad humana exacerbada se manifiesta en múltiples dimensiones. Desde lo biotecnológico y su irresponsabilidad en su potestad para consigo mismo y su prójimo, donde la ciencia y la tecnología, pudiendo dedicarse a resolver hambrunas, patologías u otras dolencias, se han enseñoreado en la licenciosidad humana.

Desde el poder, este humano exacerbado es quien puede representar momentáneamente el pensamiento, pero no soporta el examen. Es el snob que puede ocupar durante un corto tiempo cualquier rol sin diferenciarse de quien es habiente del perfil. Pero también desde el llano, es quien ante algún aspecto de la persona, como el menor arco, lo transpola íntegramente a toda ella, como completando por sí mismo la curva, y al levantar el velo que parecía ocultar aquella personalidad o figura, se ofende por no hallar sino alguien contrahecho o aquel fragmento. En términos colectivos, la sociedad exacerbada es aquella que representa ciertas virtudes, pero que en sus individualidades no se encuentran las variables que las constituyen. Y en las relaciones, la exacerbación se manifiesta en interlocutores que se expresan asimétrica e imperfectamente, ninguno escuchando demasiado al otro, o bien en un público que solo debe escuchar y no hablar, pero que de todas formas juzga lo equivocados y torpes que resultan los polemistas.

Un camino para retomar el equilibrio al menos desde lo cotidiano, y ya difícilmente desde la parcialidad redentora, pero al menos evitando el círculo vicioso de ser demasiados liberales en la interpretación de las facultades y las promesas, consiste en formularse la divina pregunta del Génesis 4:10: "¿Qué has hecho?", traspasando toda falsa reputación. Porque la presunción termina cuando se debe actuar, dado que aquella nunca puede fingir un acto de genuina grandeza como escribir tratados, pacificar pueblos, monoteizar la civilización o, más moderna y coyunturalmente, traer justicia, verdad, seguridad y bienestar a los ciudadanos. El estadista, no el pretencioso, no necesita preguntar a sus electores o sus consejeros lo que debe decir, sino que él es el propio pueblo o colectivo que representa. Por ello, el líder, entendiendo que la verdad es la cima del ser y la justicia su aplicación a toda cuestión, afronta el hecho más que tratarlo secundariamente mediante percepciones ajenas. Y si bien existe la fluidez en las sociedades donde no hay raíces ni centros permanentes, pudiendo devenir toda cuestión en nuclear obligando al sistema a girar en su derredor, dichos centros relativos no deben tomarse a la ligera, como medios distractivos o meras cuestiones que pueden decidirse con el voto, cuando en verdad se trata de graves modificaciones conductivas, de modos de vida, de educación y marcos axiológicos fundacionales. Este humano exacerbado, desde lo político-legislativo, se conduce como si cualquier medida, por absurda que sea, pudiera imponerse a un pueblo con la sola suficiencia en el número de voces para convertirla en ley. Incluso pretendiendo que la naturaleza sea democrática o susceptible de ser engañada o abolida por la insolencia de la presuntuosidad. Solo logrando embrutecer al ser humano, pero haciéndole creer que accede a una inteligencia o estadio superior. Desde los tiempos bíblicos se ha demostrado que toda necia legislación es como una cuerda de arena que se deshace al doblarla, y que solo prevalecen las leyes construidas sobre lo eidético y no sobre marginalidades ideologizadas. Pero también ha demostrado que los gobiernos que permanecen son aquellos que respetan la expresión de la cultura del pueblo que la permite. Porque los gobiernos se originan en la identidad moral de las personas y, por ello, aquella fundacional pregunta, "¿qué has hecho?", imprime una primigenia responsabilidad mutua entre individuos, luego extendida a la del pueblo para así, identificar los actos del individuo con los hechos de la nación.

Esta bíblica responsabilidad invalida los partidos y las figuras de circunstancia basados en alguna medida local y transitoria, incluso frecuentemente poco útil al bien común, fortaleciendo aquellos partidos y figuras de principios. Pero teniendo siempre en cuenta, por un lado, que estos a su vez se corrompen perpetuamente por la personalidad que inspira y entusiasma; y por el otro, que la naturaleza de los principios no se afecta por los eventuales vicios de sus ejecutores, dado que aquella es una fuerza moral.

Si no comenzamos a retomar el equilibrio, seguiremos reprochando al viento su soplido, continuaremos en la ceguera, la charla ociosa y el descrédito, entreteniéndonos con bromas, sueños, incandescencias y crímenes.

El autor es rabino y doctor en Filosofía. Miembro titular de la Academia Pontifica para la Vida, Vaticano.

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