Por Martín Felipe Castagnet

Luciano de Samósata
Luciano de Samósata

«No creo que solamente deba escribir lo que sé, sino también lo otro», escribió Felisberto Hernández; casi dos milenios más tarde, la frase describe con exactitud la propuesta detrás de los Relatos verdaderos de Luciano de Samósata, texto decididamente increíble en las dos acepciones del término.

Para nuestra sorpresa, ese viaje hacia lo desconocido que narran las aventuras de Luciano se parece en extremo a las fantasías de la imaginación contemporánea, específicamente a ese Angelus Novus parido por la modernidad: la ciencia ficción. La lista de los precursores del género es larga: Kepler, Godwin, de Bergerac, Voltaire y von Münchhausen; por qué no, también el buen Homero y las mujeres artificiales que ayudan a forjar la armadura de Aquiles. Pero Relatos verdaderos es el que viaja más lejos.

Los miembros de la tripulación de Luciano son cosmonautas (al fin y al cabo, es una palabra de origen griego): navegantes de la totalidad de la existencia. Recapitulemos sin ser exhaustivos: naves voladoras, proyecciones televisadas y máquinas parlantes, encuentros cercanos del tercer tipo, guerras interplanetarias por el control de una colonia espacial, asesinas humanoides y hombres nacidos de varón, criaturas gigantescas que provienen de las profundidades marinas y urbes situadas en el interior de un organismo vivo, además de islas tanto utópicas como distópicas y hasta la llegada de una nueva era de hielo. Si los géneros son sobre todo un conjunto de tópicos, Luciano marcó todos los casilleros y todavía está esperando que lo alcancen.

Y, sin embargo, la duda está servida: ¿puede ser una obra del siglo II un perfecto ejemplo de ciencia ficción? Con ese nombre, probablemente no. Pero la ciencia ficción, en su breve tiempo de vida, supo transformarse del mismo modo en que sus personajes suelen mutar. Se la conoce con otros nombres, como «ficción científica» (en un mejor intento de traducción) o el más preciso «ficción especulativa». El primer concepto refuerza la paradójica aplicación del método científico a un texto de ficción, y durante su momento de mayor auge, durante los comienzos de la guerra fría, aquellos que no eran lo suficientemente rigurosos quedaban en las fronteras del género. Luciano no encajaría, y probablemente tampoco nadie anterior al Frankenstein de Mary Shelley, simplemente porque hasta entonces la ciencia no era el eje sobre el cual se dividía nada. El segundo concepto, en cambio, se ajusta a Relatos verdaderos y a la definición de Darko Suvin: el extrañamiento cognitivo por el cual lo conocido se vuelve extraño o se extrapola lo conocido a lo desconocido para observarlo con otros ojos (y ahora sabemos, gracias a Luciano, que los ricos son los que tienen muchos ojos en reserva).

“Relatos Verdaderos>” de Luciano de Samosata (Walden Editora)
“Relatos Verdaderos>” de Luciano de Samosata (Walden Editora)

Relatos verdaderos intenta llegar al límite de la inverosimilitud y de la extrañeza, y lo que no conoce lo inventa con los elementos más disímiles. Por eso, muchas de las razas presentadas comparten la morfología del fantástico, típica de los antiguos bestiarios, en que se aglutinan en una misma palabra conceptos a veces opuestos, para diversión y dolor de cabeza de los excelentes traductores de este texto. Es también un rasgo del humor subversivo de las parodias homéricas de Luciano. Al igual que Vonnegut, para elegir al mejor de nuestros contemporáneos, el autor establece en Relatos verdaderos una vinculación total entre la guerra y el absurdo, sean las guerras estelares entre heliotas y selenitas por una colonia espacial en Venus, o entre los gigantes, o entre los que navegan en calabazas y en cáscaras de nuez.

El segundo género que reina en estas páginas es la tradición de aventuras, específicamente el relato de naufragios. La isla-ballena en donde zozobran remite al Leviatán que se traga a Jonás, a la omnipotencia destructora de Moby Dick, y de alguna forma también al Nautilus, en tanto permite la vida en su interior. «Parece que hemos muerto, pero estamos convencidos de que vivimos», dicen los náufragos, padres de los piojos y abuelos de los zombis. «Hace ya veintisiete años que nos engulló», exactamente el tiempo que pasó Robinson Crusoe en la Isla de la Desesperación (de septiembre de 1659 a diciembre de 1686). Último náufrago de nuestra serie, voluntario pero no menos importante, más tarde el barco del protagonista se abre camino a la fuerza a través del bosque; para ilustrarlo, Luciano cita un verso de Antímaco que podría ser el epígrafe del Fitzcarraldo de Herzog: «A aquellos que se desplazan a través de una navegación boscosa». Es en ese terreno lúdico e improbable donde los relatos de Luciano se entremezclan con el lenguaje de los sueños (isla que también visitan) y de la poesía, entre lo bello y lo siniestro: «Introduje mi espada en el agua para probarla y se volvió sangre».

Es claro: podemos leer los Relatos verdaderos como obra de anticipación. Pero ¿a qué se anticipa, exactamente? No tanto a los viajes espaciales o a las narraciones del futuro, sino a la diferencia entre realidad y ficción, tan borrosa entonces. Por un lado, Luciano establece en el proemio un tipo de lector más propio de nuestra época: el lector paranoico, aquel que lee con suspicacia y cuya creación Borges le adjudica a Poe. «Es preciso que aquellos que frecuenten este texto de ningún modo confíen en él», le ordena Luciano al lector. Sin embargo, una vez comenzada la travesía el narrador inventa con gusto y sin límite: «Ciertamente sé que contaré cosas que parecen increíbles. Sin embargo, las voy a contar». En esa (falsa) contradicción edifica su obra: el lector sabe que está fabulando, pero Luciano simula de todos modos un pacto de verdad: «Dudo en hablar, no sea que alguien piense que miento a causa de lo increíble de lo que cuento». Sobre una suerte de infierno comenta: «Las penas más las soportaban los que habían mentido durante su vida y los que no habían transcrito la verdad», y lo cierra así: «Tuve felices esperanzas para el futuro, pues sé perfectamente bien que no dije nada falso». Luciano, maestro de la ironía, remata su obra con el título Relatos verdaderos; así, con un solo gesto, no solo se anticipa a la ciencia ficción, sino también a la novela.

Calvino decía que un clásico nunca termina de decir lo que tiene para decir. Sus personajes tampoco. Quedé prendado de la belleza de la Ciudad de las Lámparas, donde habitan todas las lámparas del mundo una vez que nos acostamos. Imagino la situación, que quizás está sucediendo ahora mismo: terminás de leer este libro y apagás la luz para irte a dormir. Pero la lámpara recién comienza su viaje…

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