(Adrián Escandar)
(Adrián Escandar)

Desde que Jorge Lanata inmortalizó el término, la polémica sobre la grieta ha ocupado un espacio creciente en la discusión política nacional. Que si arrancó con el peronismo, con el kirchnerismo o en 1810; que si es culpa del populismo autoritario o de la derecha oligárquica; que si separa dos maneras de pensar o a delincuentes de gente honesta; que si debiera cerrarse para siempre o ser sostenida como una imprescindible marca diferencial. Las posiciones sobre la grieta, en qué consiste y si debiera ser clausurada o sostenida a toda costa, crean su propia metagrieta, la que separa las diferentes posiciones sobre la grieta original.

Pero las demostraciones prácticas suelen ser mejores que las disquisiciones teóricas, y lo sucedido el viernes en el Congreso, en la inauguración del año legislativo, es más expresivo de la grieta y sus distintos significados que lo que pueda aportarnos un congreso de filosofía reflexionando sobre las escisiones metafísicas del alma nacional. Desde luego, no pretendo dar de ella un panorama aséptico y neutral sino, precisamente, una visión de la grieta desde un lado de la grieta, tan valiosa y tan inútil como la de cualquier otro mortal.

Y bien, de un lado de la grieta que se observó este viernes en el Congreso había un presidente y un gobierno que intentaban dar cuenta lo mejor que podían de sus aciertos y errores, hacerse cargo de la difícil situación económico-social pero también reivindicar, justamente, los logros no económicos de la gestión, como la construcción de infraestructura, la superación del déficit energético, la creación de parques nacionales, el boom turístico y aéreo, el respeto de las libertades y las instituciones, la reinserción de la Argentina en el mundo, la lucha contra el narco y la corrupción. Y del otro lado de la grieta había una oposición aullante que se paró indignada cada vez que se le recordaron sus pecados: el otorgamiento de la Orden del Libertador San Martín al dictador Nicolás Maduro, la revelación de los negocios de la mafia a través de la causa de los cuadernos y el vergonzoso pacto de impunidad con Irán.

"Sus insultos no hablan de mí, sino de ustedes", les contestó el Presidente; haciendo que el diputado Rossi se alzara airado señalando uno de los palcos, en donde una veintena de asesores se había levantado una o dos veces al grito de "¡Sí, se puede!". Pobre Rossi. Seguro que no percibe la otra grieta legislativa, la que separa a este Congreso y sus inauguraciones del circo que armaba el kirchnerismo cada año; un circo infame en el que se cantaba la Marcha Peronista para inaugurar las sesiones y no el Himno Nacional. Recuerdo bien aquel Congreso, que integré entre 2007 y 2011. En su sesión inaugural, la diputada Graciela Baldata (Coalición Cívica) casi se cae desmayada porque uno de los blocks con consignas de Camioneros que los muchachos nos arrojaban desde los palcos le pegó en la cabeza. Fue la primera advertencia. A cada sesión, en cada oportunidad, los palcos se llenaban con patotas sindicales, movimientos piqueteros y los infaltables camporistas, y banderas enormes con los rostros de Néstor y Cristina bajaban hasta nuestras cabezas, en medio de los gritos futboleros y el papel picado. Recuerdo en lo personal, como medallas, los coros insultantes que nos dedicaron a mí y a Norma Morandini los de los organismos de Derechos Humanos por oponernos a la extracción compulsiva de sangre de los hermanos Noble, que después probarían no ser hijos de desaparecidos. O los escupitajos que recibíamos al entrar y salir del recinto, muchas veces; o la dificultad de hacerse oír en el ámbito de la representación popular convertido en escenario para los barrabravas. Es fácil googlear un poco y comprobar los fastos de aquel circo kirchnerista con el Congreso actual para no caer en la trampa del perionismo todoeslomismista y su lugar común, estilo Minguito: Sé gual.

Es que la grieta del Congreso separa dos formas de entender la representación política: la de quienes creemos que la Cámara y el Senado son el ámbito de expresión de la voluntad ciudadana y quienes las consideran una extensión de las asambleas estudiantiles de la Facultad de Ciencias Sociales. Gigantografías de Christine Lagarde exhibidas dentro del recinto, plantas de marihuana expuestas en las bancas, cuando no patoteo y arrebato de micrófono y lapicera al Presidente mientras se levantan por la fuerza sesiones con quorum regular, figuran entre las hazañas de los muchachos populistas que muchos argentinos siguen votando para que estén donde están. La mise en scène del viernes incluyó un misterioso cartelito con el hashtag #HayOtroCamino exhibido por el Frente para la Gloria. Y en efecto lo hay, otro camino; lástima que vaya para el lado de Venezuela…

Los legisladores nacandpopistas no trabajan solos. Mientras el Presidente intentaba explicar que el plan económico había funcionado razonablemente bien hasta 2017 y que el impacto de la devaluación de 2018 había retrotraído la situación social a los valores dejados por el kirchnerismo, la bancada opositora se puso de pie en el exacto momento en que Macri enumeraba los logros obtenidos hasta 2017 en términos de disminución de la pobreza y aumento del empleo. Entonces, la bancada de los muchachos del Indec roto y el MenosPobresqueAlemania se puso de pie y lo ovacionó, intentando instalar la idea de que hablaba de la situación actual y no de la anterior a la devaluación. Rápidamente, la prensa canalla recortó el fragmento antes de que comenzara la parte autocrítica sobre el 2018 para reforzar el concepto de que este Gobierno hablaba de un país inexistente y es tan mentiroso como el anterior. Miente, miente, que algo queda; como enseñaron Goebbels y Apold.

Pero el momento cúlmine de la sesión fue protagonizado por Joanna Picetti, la "diputada electa por el PRO a la que Cambiemos no le dejó asumir su cargo", según las afirmaciones de la cadena nacional perionista y sus repetidoras digitales. "Yo fui violentada por el gobierno" clamaba Picetti en pleno recinto de la Asamblea Nacional Legislativa, donde solo pueden entrar legisladores en ejercicio y fotógrafos acreditados. Pero la afirmación entre comillas contiene quince palabras y cuatro errores, todo un récord hasta para la vasta red de difusoras nac&pop.; Picetti no es diputada, ni fue electa, ni es del PRO, ni Cambiemos le impidió nada. Integraba, sí, la lista de Vamos Juntos (Cambiemos) en Capital, en octavo lugar. Pero cuando se supo que pesaba sobre ella una sentencia judicial por maltrato familiar que le había quitado la tenencia de sus hijos, se la denunció ante el juzgado electoral y la jueza Servini de Cubría la excluyó de la lista tres días antes de la votación, en un fallo que sería confirmado por la Cámara Nacional Electoral.

Por lo tanto, Picetti no solo no es diputada sino que no fue electa —ya que no formaba parte de la lista en el momento de la votación— ni es parte del PRO, ni tenía que asumir ningún cargo. Vaya causalidad, entró en el recinto —muy probablemente: porque algún diputado la hizo pasar como su asesora— por la puerta del pasillo que separa al bloque del peronista Movimiento Evita y el Frente para la Victoria de los también peronistas Frente Reciclador y Peronismo Racional. Y allí se quedó gritándole al Presidente, entre los aplausos de Mónica Macha y Facundito Moyano, y la sonrisa socarrona de Feli pillo Solá.

Pero lo mejor, lo más desvergonzado, junto al SONTODOLOMISMO de AnchaAvenidadelMedioTV y los insultos de Pasquin12, fueron las declaraciones del senador Pichetto lamentándose de que el Gobierno hace "kirchnerismo blanco"; expresión raramente parecida a la de "kirchnerismo de buenos modales" acuñada por el compañero Espert. Ahora bien, que el peronismo le endilgue al Gobierno ser la continuación del menemismo cuando Menem es, fue y será un producto intrínseca y genuinamente peronista —como confirma hoy su impunidad, garantizada por los fueros que le protege el bloque peronista conducido por el senador Pichetto— ya era bastante avanzado en el terreno de la negación psiquiátrica y la proyección demencial. Pero que quien por doce años fue el principal dirigente del kirchnerismo en el Senado nos acuse de kirchneristas es irse a la banquina, para decirlo en francés.

Lo que nos lleva, directamente, a los dos asuntos que parecen estar uniendo al peronismo en estos días, kirchneristas y antikirchneristas juntos como en los viejos buenos tiempos; y que son los mismos de siempre: la lucha por el poder y por la impunidad. En pocas palabras: la defensa de los fueros y el rechazo de la extinción de dominio. Allí está otra vez, implacable, la principal grieta que separa a los argentinos, trazando una línea inextinguible entre un pasado de oscuridad y un futuro que puede ser. "Queremos recuperar los bienes de la mafia, el narcotráfico y la corrupción", arrancó el Presidente. "Todos tenemos que rendir cuentas; los políticos, los empresarios, los periodistas, e inclusive la familia del Presidente y el Presidente", siguió. "Que cada quien que se oponga diga dónde está parado y a quién quiere proteger, porque se acabó el tiempo en que los delincuentes se salen con la suya, mientras la enorme mayoría trabaja para sacar adelante al país", concluyó. Desde este lado de la grieta, no tengo nada que agregar.

El autor es diputado nacional (Cambiemos).

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