Sarmiento, un hombre “siempre al borde del exceso”
Sarmiento, un hombre “siempre al borde del exceso”

Mayo de 1888. Sarmiento sabe que le espera la hora final. No es la guerra, tampoco un duelo personal, ni siquiera algún dirigente que se la tiene jurada. Es su salud. Le cuesta respirar. Tiene un cuadro de enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC). Sus médicos le aconsejan alejarse del frío demoledor de Buenos Aires. Entonces, junto a su hija y su nieta, el 26 de mayo de 1888, se sube a un barco con destino a Asunción, Paraguay. Busca un poco de paz. Tiene 77 años. No llegará a cumplir ni uno más.

¿Qué pasa por su cabeza en esos tres meses y medio, previos a su muerte, durante el templado invierno paraguayo? Gustavo J. Nahmías decidió aproximarse a una respuesta desde la literatura. Doctor en Ciencias Sociales, docente universitario y novelista, escribió el libro El inmortal (editado por Edhasa y publicado hace menos de un mes) donde construye un soliloquio sarmientino, reflexivo y pasional. Allí, en ese libro de 123 páginas, Nahmías se pone en la piel del prócer argentino.

Comienza así: "Me critican. Me insultan. Me difaman. Hablan y me imputan calificativos. Los más complacientes, ególatra, vanidoso. Los más excedidos, asesino". No me arrepiento de nada. La historia me avala y la providencia me protege. Nadie puede negar que empeñé mi vida por esta patria, que luché sin respiro por esta nación. ¡Ladren! ¡No van a amedrentarme!"

“El inmortal” (Edhasa 2019), de Gustavo J. Nahmías
“El inmortal” (Edhasa 2019), de Gustavo J. Nahmías

Cancha Sociedad se llama el hotel en que se hospeda en Asunción. Por momentos siente una vitalidad que lo renueva, pero la salud lo acorrala. Entonces, no hace otra cosa más que leer. Tiene miopía y usa anteojos. Es prácticamente sordo. Le cuesta respirar. Los médicos le suplican que esté tranquilo. Recibe algunas visitas. Aurelia Vélez Sársfield, por ejemplo, amiga y amante. Días antes, le había enviado la invitación: "Venga al Paraguay y juntemos nuestros desencantos para ver sonriendo pasar la vida. Venga pues a la fiesta donde tendremos ríos espléndidos, el Chaco incendiado, música, bullicio y animación. Venga, que no sabe la bella durmiente lo que se pierde de su príncipe encantado".

El libro de Nahmías es interesante por varios motivos, pero sobre todo porque esculpe un Sarmiento en todo su esplendor, es decir, como un sujeto plenamente humano que está plagado de contradicciones, a contrapelo de la imagen lavada del héroe nacional que muchas veces la historia oficial busca. Por momentos, Sarmiento es apacible, por otros es irreverente, incluso hay pasajes en que vocifera arrogancia y justicia. "Yo peleé por mis ideas. Fue mi manera de frenar la indiferencia", dice Nahmías que dice Sarmiento, y más tarde: "En mi país, yo fui el agricultor que sembró más ideas. Sin ideas sólo hay barbarie…"

También repiensa la historia argentina. "Rosas fue el mal… la tortura… el terror…", asegura. De Urquiza dice que "no era un tirano como Rosas pero era un caudillo federal como Rosas, o sea: podía volverse un tirano". De Roca, que "nos pasó a retiro a todos". Sobre Alberdi ironiza: "¿Tanto estudio en el Colegio de Ciencias Morales de Buenos Aires para terminar justificando al tirano [Rosas]?" Además, San Martín "trajo de Europa el arte de vencer" y Belgrano "trajo las ideas sociales, el deseo de progreso y la cultura que luego requirieron el auxilio de aquellas espadas".

Sarmiento en 1845, retratado por Benjamín Franklin Rawson
Sarmiento en 1845, retratado por Benjamín Franklin Rawson

"Siempre me conmovió la escritura de Sarmiento", dice Gustavo J. Nahmías en diálogo con Infobae Cultura. "Pienso específicamente en el Facundo, pero leyendo otros libros y artículos periodísticos me pregunté: ¿qué puede motivar a un hombre a escribir de manera tan arrolladora? Creo que son cincuenta y tres volúmenes los que componen su obra", agrega en referencia a ese árbol literario cuya copa tiene, entre otros textos, De la educación popular, Argirópolis (o la capital de los estados confederados del Río de la Plata), Recuerdos de provincia, La infancia y educación de Abraham Lincoln y Vida de Dominguito.

"Sarmiento es un personaje apasionante, escurridizo, dificultoso para los que pretenden etiquetarlo de manera apresurada —continúa—, y comencé a pensar cómo acorralarlo. ¿En qué momento de su vida podía arrinconarlo? Y a partir de la fotografía que le sacan postmortem en su silla mecánica, envuelto en una especie de mortaja negra, con su brazo izquierdo flexionado sobre un libro, me pregunté: ¿Qué imágenes lo habrán abordado en Paraguay? ¿Qué personajes y qué polémicas continúan en el umbral de su muerte. Ahí surgió la idea de un Sarmiento cuya voz es un fluir de la conciencia sin diálogo alguno con el mundo exterior. Un Sarmiento en primera persona en diálogo consigo mismo".

Gustavo J. Nahmías
Gustavo J. Nahmías

—Hay una idea muy lavada de Sarmiento como prócer, de correcto y bondadoso, pero en el libro lo mostrás en toda su fase pasional, a veces arrogante, a veces romántico, pero siempre desbordado de sentimientos. ¿Por qué?

—Esa imagen me parece que responde a la colocación de su figura en el panteón de los próceres en el primer centenario. Yo me imagino a Sarmiento siempre al borde del exceso. Alguien que tiene un proyecto político y en tanto está convencido lo lleva adelante sin medir su costo. Alguien que en su convicción de impulsar la civilización es capaz de los mayores actos de barbarie… de pronunciar frases virulentas contra italianos, judíos, paraguayos o gauchos.

—¿Es posible dividir el Sarmiento político del Sarmiento escritor, o el Sarmiento intelectual del Sarmiento artista?

No, no. Creo que es un típico personaje del siglo XIX en el que se conjuga como bien señala la letra de su himno: la espada, la pluma y la palabra. Creo que esa es la característica que distingue a estos personajes y Sarmiento es uno de ellos, con sus diferentes facetas y claroscuros.

—¿Qué tiene para decirle Sarmiento a nuestro presente, a nuestra actualidad, a nuestra coyuntura?

—Pensamos el pasado desde el presente y lo convocamos con preguntas que nos inquietan desde nuestros presente. Sarmiento es un eclipse para el pensamiento argentino. Es imposible no tropezarse con muchas de sus afirmaciones o definiciones, para criticarlas o completarlas pero nunca pasan indiferentes. Conceptos como "Civilización y Barbarie" o sentencias como "el mal que aqueja a la República Argentina es la extensión", no pueden ser pensados sin anteponer al hombre político que aspiró a que su vida esté asociada a la historia de la patria.

Sarmiento, retratado por Eugenia Belín, su nieta
Sarmiento, retratado por Eugenia Belín, su nieta

Si se pudiera diseccionar a Sarmiento, lo que necesitaríamos es tiempo. Fue General del Ejército, Gobernador de San Juan, Senador Nacional, Ministro del Interior, Presidente de la Nación, docente, periodista, lector compulsivo. Además, escribió Facundo (o civilización y barbarie en las pampas argentinas), uno de los libros más importantes de la literatura hispanoamericana del siglo XIX, y fue el artífice y autor intelectual del modelo educativo del país. Admirado por muchos, odiado por otros, en su figura batallan a duelo las ansias de construir un país justo, libre y soberano y el germen nacionalista del racismo que levantó las armas contra gauchos y aborígenes.

Un "cabrón egocéntrico", dijo Paul Groussac; "el más grande prosista del habla", Ezequiel Martínez Estrada; mientras que Borges, en un poema titulado, justamente, "Sarmiento", e incluido en el libro El otro, el mismo de 1969, lo define así: "Es él. Es el testigo de la patria, el que ve nuestra infamia y nuestra gloria (…) Es alguien que sigue odiando, amando y combatiendo". Ahora, Gustavo J. Nahmías no se anda con vueltas. Señala la tapa de su libro, el nombre que lo titula. Esa es su definición de Sarmiento: "el inmortal".

Fotografía postmortem de Manuel San Martín
Fotografía postmortem de Manuel San Martín

10 de septiembre: la situación es irreversible. "Igual que ayer: resiste gracias a su espíritu", escribió el Dr. Andreuzzi, el día previo a su muerte, cuando lo revisó. Sentado en su sillón de lectura, lee. Allí, en la literatura, lo sabe, cabe el mundo. El libro en sus manos se titula Filosofía sintética y es del inglés Herbert Spencer. Pasan las horas, concluye la tarde, cae la noche y Sarmiento sigue leyendo. Las páginas danzan frente a sus ojos en un compás que se parece a la eternidad, ese sueño futurista donde el tiempo ya no existe. Cuando el reloj marca las dos y cuarto de la madrugada, Sarmiento muere.

Luego vendrá el llanto de sus familiares, la tristeza de lo irreversible, la fotografía postmortem de Manuel San Martín, el traslado en barco a Buenos Aires, el entierro en el Cementerio de la Recoleta, el largo adiós nacionalista, las ceremonias, los homenajes. Pero todo eso ocurre después, y quizás a muchos no les importe, es (también) literatura.

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