Casi ignorado por parisinos y turistas, el Museo de la Liberación en París buscar revertir esa tendencia y apoyarse en el envión del 75º aniversario de la liberación de la capital francesa, que se cumplirá el domingo 25, las autoridades municipales inaugurarán ese día una nueva sede y un refugio que atesora uno de los capítulos más fascinantes del final de la ocupación nazi.
La nueva sede, llamada Museo de la Liberación de París General Leclerc-Jean Moulin, contó con una inversión de 13 millones de euros, utilizados entre otras cosas para mudarse a un palacete neoclásico del barrio de Montparnasse, en el sur de la capital, a un paso de de las antiguas catacumbas de París y que fuera el centro neurálgico de la Resistencia.
Esta nueva sede no fue elegida por casualidad: en los subsuelos se encuentra uno de los secretos mejor conservados de la historia bélica de Francia: el refugio antiaéreo que funcionó como centro de coordinación y comunicaciones de la Resistencia francesa, en donde el general Philippe Leclerc comandó la fase final para lograr durante una semana febril la expulsión de los nazis de París.
Desde que ocuparon París en 1940, los alemanes conocía la existencia del refugio construido años antes, pero no sospecharon que se convertiría a mediados de 1944 en el cuartel general de la resistencia, recordó está semana el diario Le Monde.
El búnker, un espacio de 800 metros cuadrados, cuenta con una imponente puerta blindada y las máscaras antigas que aún se encuentran en los muros dan cuenta que la estructura estaba preparada para soportar un ataque químico, según un informe que presentó está semana el canal público France 2.
A 20 metros de profundidad se pueden ver la habitación donde el coronel Henri Rol-Tanguy coordinó las operaciones durante una semana febril.
El museo cuenta con un vasto archivo sonoro de la semana que marcó el fin de cuatro años de ocupación nazi de la ciudad luz.
En este sitio los militares galos y los civiles que integraban la resistencia contaban con una central telefónica que le permitía comunicarse con 250 teléfonos en París, lo que les permitió tejer una red de comunicaciones clandestinas que no fueron detectada por la Gestapo ni por el ejército alemán.
Las tensiones de este centro se pueden revivir con una experiencia sonora, donde se reproducen las campanillas de los teléfonos, los nerviosos diálogos en el búnker y el martilleo de las máquinas de escribir.
También se puede ver los ingeniosos dínamos para generar electricidad, construidos con bicicletas fijas.

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